Cada verano se repite la misma escena. Millones de coches salen a la carretera con la primera Operación Salida, con las ganas de llegar mezcladas con atascos y temperaturas de pleno julio. En esa ecuación hay un factor al que casi nadie presta atención: la temperatura del habitáculo influye de forma directa en las capacidades del conductor, tanto como el sueño o las distracciones.
La evidencia científica ha puesto cifras al problema. Los estudios de la Fundación Española para la Seguridad Vial, Fesvial, sitúan el umbral del peligro en los 35 grados dentro del coche: superarlo eleva la probabilidad de sufrir un siniestro hasta en un 25%. No es una molestia pasajera ni una cuestión de confort. Es un factor de riesgo comparable a los más severos que se estudian en seguridad vial.
La comparación más llamativa llega del terreno de las alteraciones cognitivas. Conducir con el habitáculo por encima de ese umbral produce efectos similares a circular con una tasa de alcohol en sangre de entre 0,5 y 0,8 gramos por litro, es decir, por encima del límite legal general en España, fijado en 0,5. Nadie se plantearía coger el coche tras varias cervezas, pero millones de conductores arrancan cada día con el interior convertido en un horno.
Un conductor con el coche a 35 grados deja de percibir una de cada cinco señales de tráfico y comete un 30% más de errores en las maniobras
Los efectos concretos impresionan. Con 35 grados en el interior, el conductor promedio deja de percibir alrededor del 20% de las señales de tráfico presentes en la vía, y los errores de ejecución en las maniobras y los fallos de precisión aumentan en torno a un 30%. El calor merma la atención, ralentiza la capacidad de anticipación ante un imprevisto y altera la visión, con mayor vulnerabilidad ante deslumbramientos y picos de fatiga ocular.
La explicación está en la fisiología. El estrés térmico obliga al organismo a desviar recursos para regular su temperatura, y esa sobrecarga pasa factura a las funciones psicomotoras. A ello se suma la deshidratación, que afecta a la concentración incluso en niveles leves. Un experimento de la Universidad de Loughborough, en Reino Unido, comprobó que los conductores ligeramente deshidratados duplicaban sus errores al volante, y la somnolencia de viajar horas en un ambiente caldeado remata la faena.
El problema empieza antes de arrancar. Un coche aparcado al sol en pleno verano puede alcanzar en su interior temperaturas muy superiores a las de la calle, con mediciones que rondan e incluso superan los 60 grados. Por eso conviene abrir las puertas y ventilar durante unos minutos antes de iniciar la marcha, y circular los primeros instantes con las ventanillas bajadas para expulsar el aire recalentado. El volante o la tapicería, de hecho, pueden llegar a quemar al contacto.
¿Cuál es la temperatura correcta? Los expertos recomiendan mantener el habitáculo entre los 21 y los 24 grados, el rango en el que la atención y el confort térmico se equilibran. Visto lo visto, el climatizador no es un accesorio de confort: funciona, en la práctica, como un elemento de seguridad activa del mismo rango que unos buenos neumáticos.
Para que ese sistema cumpla su papel hace falta mantenimiento. El filtro del habitáculo es una de las piezas clave: cuando está obstruido por la acumulación de residuos, restringe el flujo de aire limpio, fuerza el compresor y reduce la capacidad de enfriamiento de todo el conjunto. Es un recambio barato que muchos conductores olvidan durante años.
La otra avería típica del verano es más discreta. La pérdida gradual de presión en el circuito del gas refrigerante hace que el sistema tarde mucho más en bajar la temperatura interior, lo que prolonga la exposición del conductor al estrés térmico justo en los primeros kilómetros, cuando el habitáculo todavía está recalentado. Una revisión estival del circuito evita el problema.
Las pautas de siempre también cuentan. La Dirección General de Tráfico recomienda hidratarse con frecuencia, evitar las comidas copiosas, huir de las horas centrales del día en los desplazamientos largos y parar a descansar cada dos horas o cada 200 kilómetros. Son consejos repetidos mil veces que, en episodios de calor extremo, dejan de ser rutina para convertirse en protección real.
Mención aparte merecen los pasajeros más vulnerables. Niños, personas mayores y mascotas sufren el golpe de calor mucho antes que un adulto sano, y dejarlos dentro de un coche estacionado, aunque sea unos minutos, puede tener consecuencias fatales. Cada verano se repiten sucesos de este tipo que estaban completamente en la mano del conductor evitar.
